martes, 6 de noviembre de 2018

Ensayo: Análisis de la sociedad de Fahrenheit 451


En la novela Fahrenheit 451 del autor norteamericano Ray Bradbury, se representa una sociedad en la que todos son falsamente felices y repiten un pensamiento único, o más bien dicho: los hacen creer que piensan.

En primer lugar, la educación en las escuelas hace que los estudiantes reciban información sin analizar, no tienen las materias comunes, como historia o matemáticas, sino que hay más informática o deportes. Además, los profesores son proyectados por un televisor, llamado teleprofe. Esto mismo nos lo confirma Clarisse en el momento que habla con Montag sobre su escuela: “Una hora de clase TV, una hora de baloncesto, de pelota base o de carreras, otra hora de transcripción o de reproducción de imágenes, y más deportes. Pero ha de saber que nunca hacemos preguntas o, por lo menos, la mayoría no las hace; no hacen más que lanzarte las respuestas.” (pág. 39). Así, se convierten en personas que repiten y repiten información sin analizar, y en personas mucho más fáciles de manipular por el gobierno. Esto provoca enojo y estrés en los estudiantes, ya que pasan horas dentro del salón aburriéndose y al salir descargan su enojo rompiendo cosas, empujando a las personas, destrozando autos, etcétera. Es una estrategia porque dejan que los adolescentes rompan cosas y los obligan a estar sentados para hacer que se cansen y para que luego no piensen.

En segundo lugar, la censura es uno de los aspectos más importantes. A medida que el libro avanza se puede ver cómo los bomberos queman los libros que ellos no quieren que la gente lea. Pero la censura no es solo en los libros, también se da en la vida cotidiana: “Has de comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o exciten” (pág. 69). Gracias a esto, la gente está acostumbrada a la rutina, no son felices y en un punto llegan a ser incultos.

En tercer lugar, la violencia nace como ítem de la censura y la represión. Así, asustan a las personas para que obedezcan. La violencia aparece mucho durante el libro, tanto para quemar los libros como para matar a alguien cuando intenta oponerse. Cuando Montag se escapa, lo descubre toda la ciudad y observan todo lo que pasa por el televisor o lo escuchan por la radio. El gobierno lo muestra para que la gente se dé cuenta y no se oponga ante esas reglas. Y al no encontrar a Montag, matan a un hombre inocente para que se asusten y piensen que las consecuencias son reales.

Por lo cual, la sociedad es oprimida debido a que el gobierno usa la educación, la violencia y la censura para controlar la mente de las personas.  

Hay muchas peculiaridades que existen en la sociedad actual, o que llegaron a existir. Por ejemplo, en la dictadura militar hubo una censura de ciertos libros que probablemente hacían pensar a las personas sobre como rebelarse. También existe el apartar a las personas raras, en el caso de la novela, a Clarisse, y millones de problemas más que están bien identificados en la novela Fahrenheit 451.


domingo, 20 de mayo de 2018

El yo-yo



En  un  pequeño  rancho,  en  el  medio  de  un  humilde  pueblo  con  muchos  animales  de  granja,  vivía  un  niño  llamado  Oliver  Twist. Vivía  con  su  amorosa  familia:  una  tierna  pareja  casada  y  su  hermano  pequeño,  Elliot  Twist.  El  padre  trabajaba  en  un  negocio  de  herramientas,  se  esforzaba  mucho  con  su  trabajo  para  poder  alimentar  a  su  familia  y  tener  algunos  otros  recursos  para  vivir.  La  madre  era  ama  de  casa,  pero  con  los  pocos  animales  y  cultivos  que  tenían  en  su  pequeña  granja, vendía  a  mitad  de  precio  lo  que  extraía  de  ellos,  como  huevos,  leche,  trigo,  etcétera.  Elliot,  el  niño  de  siete  años,  iba  a  la  escuela  primaria,  tenía  muchos  amigos  y  era  feliz  con  lo  que  tenía.  En  cambio,  Oliver  no  iba  a  la  escuela:  como  ya  tenía  doce  años,  trabajaba  en  las  fabricas  y  se  dedicaba  a  limpiar  las  chimeneas.  La familia era  muy  trabajadora, todo  para  conseguir  bastante dinero  para  pagarle  la  escuela  al niño  y  tener  las  cosas  suficientes  para  sobrevivir. Lo  más  costoso  en  pagar  o conseguir  eran  la  escuela  y  los utensilios  de  la  casa,  ya  que   la   comida   no   era difícil,  con  los  animales, los  cultivos  y  el pozo de agua, podían  estar  bien  alimentados.

De  repente,  un  día,  el  milagro  comenzó: al  Sr. Twist  le  dieron  un  aumento  en  el  trabajo  y  la  Sra.  vendió  más  de  250  ingredientes  en  una  semana.  Gracias  a  esto,  la  familia  fue  de  compras  un  día  y  adquirieron  mantas  o  ropas  abrigadas,  ya  que  el  invierno  se  acercaba.  También  llamaron  a  un  experto  en  arreglar  las  paredes,  techos  o  pisos  de  una  casa,  quien  renovó  un  poco  el  techo  porque,  cuando  llovía  goteaba  o  cuando  nevaba,  la  nieve  entraba  a  la  casa  y  causaba  molestias. Pero  eso  no  detuvo  a  Oliver,  quien  siguió  trabajando.  Le  había  prometido  a  su  hermano  que  iba  a  comprarle  ese  juguete,  ese  yo-yo  que  todos  sus  compañeros  tenían  y  que  ninguno  le  prestaba  para  jugar  un  rato  con él:

—Oli, en  la  escuela  ningún amigo  me  presta  el  yo-yo… ¿Pueden mamá y papá  conseguir  uno? —preguntó Elliot  con  timidez.

—Ellos  no  pueden,  Elli.

Al  menor  se  le  esfumó  el  brillo  de  esperanza.  Entonces  a  Oliver  se  le  ocurrió algo:

—Pero  yo  prometo  comprártelo.  Nunca  romperé  una  promesa  si  es  por  ti. —Entrelazó  su  dedo  pequeño  de  la  mano  con  el  del  niño  que  lo  miró  con el  rostro  sonriente.

Oliver  estuvo  toda  la  semana  esforzándose  para  conseguir  el  dinero  suficiente  para  comprarle  ese  juguete  a  su  hermano.  Pero  lo  trágico  tuvo  que  suceder: Oliver  estaba  llegando  tarde  al  trabajo,  se  cambió  informalmente  y  bastante  bien  para  su  gusto. Corrió  con  todas  sus  fuerzas  hasta  que  finalmente  llegó  a  la  fabrica. Agarró  los  elementos  necesarios  para  limpiar  y  subió  rápidamente  las  escaleras  hacia  las chimeneas.

El  chico  ya  le  había  conseguido  el  yo-yo  al  hermano. Trabajó con  una  sonrisa  todas  las  horas  del  labor,  pero  lo  que  menos  se  esperaba  era  que,  mientras  bajaba  las  escaleras  de  madrera,  un  estruendo  como  si  fuese  una  bomba  provocó  que  la  escalera  se  moviera  hacia  atrás.  Oliver,  asustado,  sintió  cómo  todo  se  venía  hacia  abajo: la  felicidad  por  conseguir  algo  valioso  para  su  hermano  desapareció.  Solamente  gritaba  mientras  caía,  sin  ayuda  alguna,  hasta  que  finalmente  llegó  al  suelo.  Muchas  personas  se  acercaron  a  ver  qué  había  pasado…  la  escalera  hecha  trizas,  el  niño  tendido  y  en el  suelo,  a  su  lado,  el  yo-yo.

viernes, 13 de abril de 2018

9 de marzo de 2010


En el día de ayer en la provincia de Córdoba, mariachi cayó al vacio por intento de conquista
ROMEO Y JULIETA VERSIÓN ARGENTINA
El grupo de mariachis antes del derrumbe

A veces el romance tiene sus límites de conquista, pero este caso, fue uno de los más extraños que se verán en la vida.

El señor Rafaello Díaz, fue denunciado ayer por Clara Visconti, una mujer de alrededor unos 24 años de edad, casada y con pérdida de audición. Este hombre, soltero y con apuro, de esas personas que todo el tiempo intenta llamar la atención de mujeres jóvenes, se había enamorado perdidamente de su vecina. Entonces, se le ocurrió conquistarla. Con ayuda de su grupo de amigos, decidió organizar un concierto a lo mexicano para ganar el corazón de la bella muchacha. Él no la conocía verdaderamente: no solo era sorda, sino también muy malhumorada.

El hecho ocurrió a horas del mediodía, a plena luz del sol, cuando la gente paseaba y los niños jugaban en la calle. Muy orgulloso del grupo de mariachis que había formado, se decidió a cantar las mañanitas bajo su balcón. Flor de revuelo se armó: todo el vecindario se reunió a escucharlo, pero Clara nunca salió. Firme en su decisión de conquista y alentado por sus amigos, trepó al balcón de su vecina con ayuda de una escalera y siguió cantando allí.

Conforme a Miguel Sosa, el jardinero personal de Clara, el hecho comenzó aproximadamente a las 2 de la tarde. “Tranquilamente, estaba regando los tulipanes del jardín, cuando de repente empezaron a escucharse maullidos de gato en celo. Casi rompe los vidrios de la ventana de Clara, con su voz desafinada. Decidí avisarle a la mujer lo que estaba ocurriendo. La señora Clara muchas veces me habló de este loco vecino que siempre la acosaba, aun sabiendo que ella tenía novio, pero parece ser que el hombre no era celoso.”

Rafaello se sentía Ernesto de la Cruz cantando en la película “Coco”. Creyó haber conquistado el corazón de su amada, pero Rapunzel resultó ser Maléfica y lo sacó a palazos haciendo que Rafaello resbalara y cayera sobre sus amigos los mariachis.
Despertó en el hospital, creyendo que su Dulcinea lo había querido abrazar y, de la emoción, el mundo se le vino encima. Lo rodeaban un par de policías que le hacían preguntas que no llegaba a comprender. “Quiero ver a mi amada Clara…”, repetía el mariachi en la camilla. “La podrás ver… en la comisaria, mientras te denuncia por ataque a privacidad.”

Rafaello seguía bajo los efectos del calmante, convencido de que su chica estaba esperándolo, para jurarle amor eterno.

domingo, 15 de octubre de 2017

“Mejorando” el futuro


En la ciudad Bultaoreune, los niños cuando llegan a la edad de los 12 años, son llevados a un lugar desconocido y aislado del pueblo. Allí, ellos tienen que pasar días y noches alimentándose de una especie de droga que los “ayuda” a olvidar su pasado para tener un buen futuro sin sus arrepentimientos pasados. En el caso de que sigan recordando, se les suministra otra dosis de droga.

Las chicas, en cambio, cuando cumplían sus 15 años, se les tenía que arrancar la uña del dedo índice de la mano porque así demuestran que son mujeres de verdad. No es una obligación, pero si no lo hacían, eran mala vista por su familia y luego no podrían tener un buen futuro porque el hombre elije a una mujer de verdad.

miércoles, 30 de agosto de 2017

El espejo de mi abuela

Llevo horas atrapada en este auto y el viaje parece interminable.

          Mis padres se casaron cuando yo tenía seis años y mi hermanito Mike dos, dos. Recién ahora decidieron hacer su Luna de Miel -¡por un mes!- Ellos confían tanto en mi, nos dejan en a los dos en la aburrida casa de mi abuela ciega, a la que ni siquiera conozco;  Mike parece que la conoce mejor que yo. Sé que no la voy a pasar nada bien, porque no hay internet y además está muy lejos de la civilización. ¿Cómo es posible?

          Llegamos a una casa vieja y sucia, demasiado vieja, con una mujer vieja sentada en una silla de madera. Supuse que era mi abuela. Mi padre tocó la bocina un par de veces para que asomara ese vejestorio con cara de “Les hice galletitas por si tenían hambre”. La viejita amistosa reaccionó de inmediato al escuchar la bocina. Cuando empezamos a hablar, sentí algo raro, pero no le di importancia. Después de hablar, supuse que mis padres tenían que marchar y debíamos entrar.

          Aquella casa lucía deteriorada, tanto en su interior como su exterior, como si perteneciera de otra época: azulejos que ya no se fabrican, la mesa de abedul que se encontraba justo al lado de una gran puerta de color marfil… Subimos las escaleras y la abuela me guió, junto a mi hermano, al cuarto de huéspedes .

          —El cuarto que está a la derecha es mi habitación— dijo la abuela. Yo, sin darle mucha importancia, desvié la mirada hacia una puerta bastante extraña que lucía tenebrosa, tenía tantas imperfecciones que parecía que había sido tallada a mano. De repente, escuché una voz en mi oído derecho:

          —No deben entrar ahí— dijo la abuela en tono de advertencia.

          — ¿Qué hay ahí dentro? — preguntó mi hermano.
Mi abuela no contestó.

          —Sera mejor no averiguarlo…— le dije.

          Rápidamente lo agarré del brazo y entramos a nuestra habitación.

          Nos encontramos con dos camas pequeñas, una mesita de luz entre las dos y un cajón con tres juguetes que parecían sacados de una venta de antigüedades. La habitación daba miedo. Mike me agarró la mano con fuerza y eso no me dio una buena impresión…

          Antes de entrar a la habitación, la abuela nos dijo que iba a ir a preparar la cena y que nos dejaría para acomodarnos en la habitación.

          La abuela era amable y  generosa, no era tan sospechosa como parecía. Han pasado 5 días de que estoy con ella y mi hermano. A decir verdad, la abuela y yo nos llevamos muy bien, Mike todavía sospecha de ella y le tiene miedo, pero sé que la quiere en el fondo de su corazón.

          Los días pasaban, Mike comenzó a tener comportamientos extraños. Se levantaba todas las noches, pensaba que se iba al baño, pero lo hacía tan seguido que parecía que se dirigía a otro lado. Nosotros somos muy unidos, cada vez me observaba con una mirada profunda y llena de lastima, como si estuviera pidiéndome ayuda. Cuando iba a hablar con él, me ignoraba, algo le pasaba. Un día tuve la valentía de seguirlo: se levantó, abrió la puerta y la dejó abierta. Yo me levanté y asomé la cabeza. Ahí estaba, parado frente a esa puerta prohibida. Entró a la habitación y unos minutos después me acerqué y entré despacio.

          La habitación era pequeña, solo tenía un espejo muy escalofriante y rasguños por todos lados de la pared. El espejo era enorme y tenía un color violeta. Mike estaba en frente de él y no se veía su reflejo. De pronto se escucharon unos pasos:

          —Mike salgamos de aquí— dije. —Podemos estar en peligro. Mike no contestó.

          De repente, la puerta se cerró y estaba todo oscuro. No dije nada y Mike tampoco. Después de unos minutos, se escuchó una respiración agitada:

          — ¡LES DIJE QUE NO ENTRARAN!­— Se escuchó detrás de mío.

          Encontré un encendedor y lo prendí. No quería darme vuelta, tenía miedo, pero tuve que hacerlo. Me di vuelta y pegué un grito: era la abuela, con unos horrorosos ojos blancos, un cuchillo y no tenía su bastón. Si no nos puede ver, ¿cómo nos encontró?

          — ¡Cuidado!— gritó Mike.

          Sentí que él me empujó y caí a no sé dónde. Cuando me levanté, vi a Mike, ahí tirado lleno de sangre en el pecho. Intenté correr hacía el, pero algo me lo impedía, no podía pasar. Después de un rato, me di cuenta que estaba atrapada dentro del espejo y que mi hermanito Mike ya no estaría más conmigo. Adiós Mike.

domingo, 23 de abril de 2017

La Manzana de la Vejez

Érase una vez, una reina y un rey. Un día la reina avisó que estaba embarazada de una niña. Después de nueve meses, los reyes la llamaron “Blancanieves” por que cuando estaba por nacer, caía la nieve más blanca de todo el invierno. Unos días antes de que naciera la bebé, la reina se enfermó y cuando nació la hija, falleció por lo débil que se sentía.
Unos meses después, una malvada bruja creó un hechizo para enamorar al rey para después liquidarlo con el fin de tener el poder del reino. Cuando esta logró aniquilarlo y conseguir ser reina, dejó a la pobre Blancanieves huérfana. Solo tenía unos meses de edad.
En una choza en el medio del bosque, se encontraban unos enanitos mineros preparados par a irse. Mientras estaban cantando y yendo para sus minas, se toparon con una bebé llorando alrededor de muchos animales. Los seis enanitos, excepto el gruñón, estaban de acuerdo en adoptarla. Como ellos eran democráticos, votaron y se terminaron quedando con la niña. Los enanos prometieron nunca dejarla salir del bosque por seguridad.
Años después, Blancanieves creció, cumplió siete años y era una hermosa muchacha, responsable y educada. Cuando los pequeños mineros se iban a sus minas, Blancanieves limpiaba la casita o cocinaba la cena.
Ella siguió creciendo y creciendo, hasta que llegó a su decimocuarto cumpleaños. Los enanitos le prometieron que saldría al bosque cuando ella cumpliera 14. Ella no lo sabía, por eso esperó hasta que llegó el día. Cuando los 7 enanos fueron a la mina, se escuchó un ruido de la puerta. Blancanieves gentilmente abrió y se sorprendió al ver lo que había: era una anciana con un canasto de manzanas y una gran berruga en la nariz. La señora mayor le ofreció una de sus deliciosas manzanas. Los enanitos le habían advertido que no debía aceptar regalos de desconocidos. Como Blancanieves estaba hambrienta, no tenía otra opción, terminó aceptando la manzana. Cuando la anciana se fue, Blancanieves probó un mordizco. Pero al rato, le empezó a doler la cabeza y se fue a dormir.
Al otro día, se levantó; tenía dolor del cuerpo y no podía observar muy bien. Se miró al espejo y se asusto por que su cara estaba llena de arrugas. Bajó a desayunar y cuando vió a los enanos, también tenían arrugas y una joroba en la espalda. Los ancianos tenían que saber como volver a la normalidad. El enano dormilón, se fijó si había algo en el buzón y encontró una carta que decía cómo romper el hechizo. Tenían que actuar como los ancianos por una semana. Tontín con señas decía que esa carta podía ser falsa para que se la creyeran. Nadie le hizo caso. El no confiaba en esa carta.
Después de una semana, no pasó nada. Tontín tenía razón, la carta era falsa. Luego, a el enano feliz se le ocurrió un plan: tenían que ir al castillo, sin que nadie los vea. Después, ir con la reina, como ya sabía muchos hechizos, seguramente sabía uno de volver a la normalidad. Para que la reina haga el hechizo la iban a amenazar.

Cuando lograron volver a la normalidad, volvieron a la choza y vivieron felices por siempre.
FIN

martes, 28 de junio de 2016

Si fuera Pao

Lo admito. Siempre estuve celoso de las rosas de Tsu-Ling. Sí, yo todos los días espío por un agujerito las rosas de él, pero no fue mi intención escuchar la conversación de Tsu-Ling y Feng. La verdad no me pude detener cuando empezaron a hablar. Cuando vi que el Sabio Feng venía para mi casa, me hice el disimulado y me fui a sentar en el sillón. Realmente tenía miedo de que me hubieran visto y quisieran interrogarme.A los pocos minutos, escuché el timbre. Mis preocupaciones habían sido confirmadas: era el Sabio Feng.

—Buenos días, mi querido Pao —dijo—. Lamento molestarlo. ¿Podría pasar?—­tenía un gran presentimiento de que me iba a preguntar sobre las rosas y al mismo tiempo sentía un gran miedo:­

—Sí, sí, pase. —dije un poco temeroso.

Nos sentamos en el sillón y me preguntó si sabia algo sobre las rosas rojas de Tsu-Ling. Le respondí que no, que apreciaba mucho sus rosas como para destruirlas. Hablamos un poco sobre ellas y lo invité a retirarse con un poco de apuro. 

Al otro día, me volví a fijar por el agujerito, pero esta vez Feng estaba cavando un pozo y Tsu-Ling no parecía muy contento con la idea. Luego de un rato me aburrí y decidí irme; pero, cuando di la vuelta, escuche un grito. Era Tsu-Ling que confesaba que había matado a su esposa que yo amaba. Salí corriendo hacia mi casa. No todo los días escucho que alguien confiese un asesinato. Hace varios días dejé de ver por ese agujero, hasta que un día volví a hacerlo, pero Tsu-Ling no estaba. Así que fui a ver qué pasaba. Feng me vio y me dijo que Tsu-Ling había muerto. Me quedé impresionado. Fui a mi casa y me acosté en la cama y me dije: aunque Tsu-Ling haya fallecido, mis cosas nunca serán tan buenas como las de él.


Fin.