viernes, 13 de abril de 2018

9 de marzo de 2010


En el día de ayer en la provincia de Córdoba, mariachi cayó al vacio por intento de conquista
ROMEO Y JULIETA VERSIÓN ARGENTINA
El grupo de mariachis antes del derrumbe

A veces el romance tiene sus límites de conquista, pero este caso, fue uno de los más extraños que se verán en la vida.

El señor Rafaello Díaz, fue denunciado ayer por Clara Visconti, una mujer de alrededor unos 24 años de edad, casada y con pérdida de audición. Este hombre, soltero y con apuro, de esas personas que todo el tiempo intenta llamar la atención de mujeres jóvenes, se había enamorado perdidamente de su vecina. Entonces, se le ocurrió conquistarla. Con ayuda de su grupo de amigos, decidió organizar un concierto a lo mexicano para ganar el corazón de la bella muchacha. Él no la conocía verdaderamente: no solo era sorda, sino también muy malhumorada.

El hecho ocurrió a horas del mediodía, a plena luz del sol, cuando la gente paseaba y los niños jugaban en la calle. Muy orgulloso del grupo de mariachis que había formado, se decidió a cantar las mañanitas bajo su balcón. Flor de revuelo se armó: todo el vecindario se reunió a escucharlo, pero Clara nunca salió. Firme en su decisión de conquista y alentado por sus amigos, trepó al balcón de su vecina con ayuda de una escalera y siguió cantando allí.

Conforme a Miguel Sosa, el jardinero personal de Clara, el hecho comenzó aproximadamente a las 2 de la tarde. “Tranquilamente, estaba regando los tulipanes del jardín, cuando de repente empezaron a escucharse maullidos de gato en celo. Casi rompe los vidrios de la ventana de Clara, con su voz desafinada. Decidí avisarle a la mujer lo que estaba ocurriendo. La señora Clara muchas veces me habló de este loco vecino que siempre la acosaba, aun sabiendo que ella tenía novio, pero parece ser que el hombre no era celoso.”

Rafaello se sentía Ernesto de la Cruz cantando en la película “Coco”. Creyó haber conquistado el corazón de su amada, pero Rapunzel resultó ser Maléfica y lo sacó a palazos haciendo que Rafaello resbalara y cayera sobre sus amigos los mariachis.
Despertó en el hospital, creyendo que su Dulcinea lo había querido abrazar y, de la emoción, el mundo se le vino encima. Lo rodeaban un par de policías que le hacían preguntas que no llegaba a comprender. “Quiero ver a mi amada Clara…”, repetía el mariachi en la camilla. “La podrás ver… en la comisaria, mientras te denuncia por ataque a privacidad.”

Rafaello seguía bajo los efectos del calmante, convencido de que su chica estaba esperándolo, para jurarle amor eterno.

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