En un pequeño rancho, en el medio de un
humilde pueblo con
muchos animales de
granja, vivía un
niño llamado Oliver
Twist. Vivía con su
amorosa familia: una
tierna pareja casada
y su hermano
pequeño, Elliot Twist.
El padre trabajaba
en un negocio
de herramientas, se
esforzaba mucho con
su trabajo para poder alimentar
a su familia
y tener algunos
otros recursos para vivir.
La madre era
ama de casa,
pero con los
pocos animales y
cultivos que tenían
en su pequeña
granja, vendía a mitad
de precio lo
que extraía de
ellos, como huevos,
leche, trigo, etcétera.
Elliot, el niño
de siete años,
iba a la
escuela primaria, tenía
muchos amigos y
era feliz con
lo que tenía.
En cambio, Oliver
no iba a
la escuela: como
ya tenía doce
años, trabajaba en
las fabricas y
se dedicaba a
limpiar las chimeneas.
La familia era muy
trabajadora, todo para conseguir
bastante dinero para pagarle la escuela al niño
y tener las
cosas suficientes para sobrevivir. Lo más costoso
en pagar o
conseguir eran la
escuela y los
utensilios de la casa, ya que la comida no era difícil, con los
animales, los cultivos y el
pozo de agua, podían estar bien alimentados.
De repente,
un día, el
milagro comenzó: al Sr. Twist
le dieron un
aumento en el
trabajo y la
Sra. vendió más de 250
ingredientes en una
semana. Gracias a
esto, la familia
fue de compras
un día y
adquirieron mantas o
ropas abrigadas, ya
que el invierno
se acercaba. También
llamaron a un
experto en arreglar
las paredes, techos
o pisos de
una casa, quien
renovó un poco
el techo porque,
cuando llovía goteaba
o cuando nevaba,
la nieve entraba
a la casa
y causaba molestias. Pero eso
no detuvo a
Oliver, quien siguió
trabajando. Le había prometido
a su hermano
que iba a
comprarle ese juguete,
ese yo-yo que
todos sus compañeros
tenían y que
ninguno le prestaba
para jugar un
rato con él:
—Oli,
en la
escuela ningún amigo me presta el
yo-yo… ¿Pueden mamá y papá
conseguir uno? —preguntó
Elliot con timidez.
—Ellos no
pueden, Elli.
Al menor
se le esfumó
el brillo de
esperanza. Entonces a
Oliver se le
ocurrió algo:
—Pero
yo prometo comprártelo. Nunca
romperé una promesa
si es por
ti. —Entrelazó su dedo
pequeño de la
mano con el
del niño que
lo miró con el
rostro sonriente.
Oliver
estuvo toda la
semana esforzándose para
conseguir el dinero
suficiente para comprarle
ese juguete a
su hermano. Pero
lo trágico tuvo
que suceder: Oliver estaba
llegando tarde al
trabajo, se cambió
informalmente y bastante
bien para su
gusto. Corrió con todas
sus fuerzas hasta
que finalmente llegó
a la fabrica. Agarró los
elementos necesarios para
limpiar y subió
rápidamente las escaleras
hacia las chimeneas.
El chico
ya le había
conseguido el yo-yo
al hermano. Trabajó con una
sonrisa todas las
horas del labor,
pero lo que
menos se esperaba
era que, mientras
bajaba las escaleras
de madrera, un estruendo como
si fuese una
bomba provocó que
la escalera se
moviera hacia atrás.
Oliver, asustado, sintió
cómo todo se
venía hacia abajo: la
felicidad por conseguir
algo valioso para
su hermano desapareció.
Solamente gritaba mientras
caía, sin ayuda
alguna, hasta que
finalmente llegó al
suelo. Muchas personas
se acercaron a
ver qué había
pasado… la escalera
hecha trizas, el
niño tendido y en
el suelo, a
su lado, el yo-yo.
Mejor, Zoe. Buen trabajo.
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